Veredicto final... e o exipcio libre. Nunca chove a gusto de todos. Lendo as historias do 11 M, esta (Ana Isabel Gil e Samuel) foi unha das que máis me impactou. E non puiden evitar poñerme triste de novo.
Le había prometido por escrito, única forma en que debieran suscribirse los contratos y sellarse las promesas, “diseñar cientos de aventuras / de las que hacerte protagonista”. Ahora el libro se ha quedado sin personaje y todo lo demás, trama y escenarios, está tan vacío como el autor de los versos, Jesús Patiño (29 años). Tiene figura de héroe de cuento (rubio, despierto, con la corbata desanudada y bebiendo a morro una cerveza), pero queda claro que le falta princesa y el aire no le alcanza para tanta bocanada. La mirada también es de ahogo y las frases carecen de final, como si no quedase más salida que alargarlas con puntos suspensivos.
–Vacío, muy vacío... Con la sensación de no saber hacia dónde tienes que caminar... Es irreal, un mal sueño.... Mirar hacia un futuro tan oscuro, tan sin ellos...
Jesús perdió dos veces en el 11-M. Por eso emplea la tercera del plural. “Ellos” son Ana Gil Pérez (29), su mujer, su “ángel”, su “vida completa”, y Samuel, que era doblemente viajero el día en que los trenes se hicieron sangre: se trasladaba en un Cercanías y, al tiempo, en el vientre de Ana, embarazada de siete meses. La pareja había “buscado con ansia” ser un trío. El año pasado, Ana sufrió un aborto, pero en agosto el test dijo sí otra vez. Llevaba bien la gestación y sólo tenía algún pequeño dolor de espalda. Era una mujer buena y divertida, de sonrisa libre. Ni siquiera padecía antojos, aunque a veces, por pura guasa, se hacía la caprichosa. Jesús la llamaba entonces Gordo. Samuel era “el gran proyecto” de ambos, una culminación. Ana escogió el nombre porque le gustaba, sin reparar en su casualidad bíblica: Samuel, el unificador de tribus y primer profeta, era hijo de Ana, a quien dios concedió ser fértil tras largos años de esterilidad. Ellos no necesitaban esas justificaciones para la felicidad. Si a Jesús se le pregunta por el momento único que acredita toda una vida, no medita demasiado la respuesta: “Cuando vimos latir el corazón de Samuel por primera vez en una ecografía”.
Se conocieron hace 12 años a través de una amiga común. “Es la chica ideal para un largo noviazgo”, pensó Jesús. Salieron juntos durante siete años y, en 2000, se casaron. Su vivienda, un piso de buena construcción de la zona sur de Torrejón de Ardoz, todavía huele a novedad. En un estante, sobre todos los libros posibles de J.R. Tolkien, está varado, en una soledad simbólica, un manual para padres primerizos.
El día de la mala ventura, Jesús acercó a Ana a la estación. Ella había cambiado el turno laboral para poder ir por la tarde a hacerse otra ecografía. Estaba guapa y, como siempre, sonreía: abrigo azul, jersey verde, pantalones claros y la bolsa de Harrod’s con las judías que le había preparado el marido, amo de los fogones en casa. Tras el beso, ella enunció la despedida verbal, siempre en tercera del plural:
–A las cinco te vemos.
Jesús, informático en una empresa que trabaja para Telefónica, es en realidad un romántico que siempre confió en la palabra escrita. En un poema que regaló a Ana, titulado “Lo dulce de tus ojos”, dijo que desearía “proyectar el reverso de la luz sobre mis ojos / para abrir las alas del corazón / y alcanzar la corona de tu frente / para enredarme entre tu pelo por toda la eternidad”. Unas horas después de la despedida en la estación, supo que el corazón de Ana dejó de latir cinco veces de camino al hospital y piensa en la injusticia de que no le dejasen compartir el desenlace que nadie esperaba:
–Me duele no haber podido ver el último segundo de vida los dos. Quiero recuperar esas sensaciones, encontrar a la gente que los vio, que los atendió... Tener la parte de la historia que me falta.
2o minutos - El tren de todos

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